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Susurros desde las sombras

De como las sombras dominan el mundo... o las dominan a ellas

Jueves, 14 de julio de 2005

Pululando por las calles

Debido a la lejanía de mi casa respecto de cualquier punto civilizado me veo obligado a dar largos paseos caminando, o bien al uso masivo del transporte público con el fin de poder desplazarme a mi destino cuando tenga necesidad. Esto, a la larga, hace que buena parte del día la emplee en traslados monótonos en los que solamente puedo escuchar música, dialogar conmigo mismo o bien dedicarme a la observación de esa molesta plaga que pulula por las calles impunemente sin que nadie se atreva a meterse con ellos. Hay infinidad de ejemplos de estos seres, porque no procede llamarles personas, que se mueven a nuestro alrededor sin ni siquiera reparar en nosotros. Pero yo estoy ahí, y les observo.

Por un lado tenemos a las típicas mujeres, de una edad ya considerable como para ser conscientes de lo que hacen, paradas en mitad de la acera y chismorreando. Estas señoras, por supuesto, se dedican a conversar con un volumen más alto de lo que podríamos declarar como normal, con sus voces agudas y estridentes, y riéndose de gracias sin sentido a la vez que repiten el mismo mensaje, lo llamaría chiste si pudiera. Este conjunto de individuos se caracteriza por un elevado dominio de la geometría, ya que saben colocarse en el centro geométrico de la calle, de forma que molesten lo más posible. Te ves obligado a hacer equilibrismos con el fin de poder continuar tu marcha, sin rozarlas y sin pedirles paso, porque como se te ocurra, te saltarán con eso que todos imaginamos: “Que la calle es suya porque paga impuestos y que por eso se queda donde le dé la gana”, y pasará a reírse de este nuevo “chiste”.

Una variante de este individuo lo podemos apreciar en la típica cuarentona que se encuentra con otra típica cuarentona y, portando un carrito para bebés, escogen a propósito la acera más estrecha con el fin de iniciar una interesante tertulia sobre lo que han visto en el programa del corazón de ese día. Cuando te encuentras a este espécimen, francamente, te dan ganas de echarte al suelo y ponerte a llorar. No hay manera de pasar y, sí, han encontrado el sitio perfecto, rodeadas de coches para que no puedas pasar de ninguna manera. Y no les pidas que se aparten, te ignorarán como si no te hubieran oído.

Una versión más peligrosa de este conjunto son las típicas mujeres de 60 años en adelante, con cara de mala leche, y que han decidido sustituir el glamuroso cochecito de bebé por un carrito de la compra no menos glamuroso y abultado, que dejaran en mitad de la calle de la forma que mejor impida el paso de los transeúntes. Que grandes conocimientos de cinemática tienen esas señoras. Pero claro, no les pidas paso, no les hables... ¡Ni les mires siquiera! Eso provocaría un torbellino de gritos e insultos que acabarían con la moral del más férreo. Parece ser que a los mayores se les debe permitir todo.

Otro tipo de individuos son esos que, solos o acompañados, se dedican a desplazarse monótonamente por las calles de la ciudad, sin prisa. Por supuesto, lo harán siempre de la forma que más estorben. Así, si hay alguien que va con prisa (tengo que reconocerlo, yo siempre voy corriendo a todos lados), se verá obligado a reducir su velocidad e incluso a detenerse durante un buen rato hasta que encuentre la manera posible de rebasarles (alguien que estudie para sacarse el carnet de conducir entenderá el chiste). Matemáticamente podríamos expresar que su velocidad media tiende a cero. O bien van distraídos o bien van hablando; el resultado en ambos casos es que no sabes que hacer para continuar en paz tu camino. Propongo a la DGT que a partir de ahora suelte a algunos de estos individuos con un triciclo por las carreteras de nuestro país, de forma que los accidentes por exceso de velocidad se vean drásticamente reducidos. Creo que funcionaría.

En cuanto al transporte público, tenemos dos casos claramente observables. Por un lado tenemos al típico niño, de entre 6 y 8 años, que tiene cogido un sitio en el autobús (por poner un caso). Cuando el vehículo se encuentra detenido, el chico estará tranquilamente sentado sin decir una sola palabra. Sin embargo, una vez que comienza la marcha, se levantará y se pondrá a jugar por ahí sin importarle para nada el asiento. Pero, si en algún momento el autobús para recoger más pasajeros, o bien percibe la inquietante presencia de algún viajero acercándose a “su” asiento, raudo como el viento huracanado correrá a sentarse en su asiento hasta que pase el peligro y pueda volverse a levantar para seguir jugando y gritando descontroladamente. Por supuesto, su madre le esta viendo continuamente y no le dice nada... Yo creo que ni siquiera sabe que lo que hace está mal.

El segundo caso, más común, consiste en el típico individuo, egocéntrico y egoísta (cuanto ego reconcentrado), que ha visto frustrados sus planes de sentarse cómodamente en un asiento con el fin de realizar un cómodo y placentero viaje. El problema se presenta cuando en una parada se monta un anciano y, educadamente, uno de los viajeros que va sentado se levanta para cederle el sitio. En esos momentos, nuestra querida plaga humana, correrá más raudo aun que el niño anterior y se sentará en el asiento libre antes de que nadie llegue a comprender lo que ha sucedido. Por supuesto, poco le importa que el anciano tenga que seguir de pie o que otra persona se vea obligada también a ceder el sitio. Él ya va cómodo y, esa noche, dormirá feliz sabiendo que hizo lo correcto, buscar por todos los medios su propia comodidad (a saber si el anciano que tuvo que ir de pie pudo dormir esa noche por el dolor de piernas).

Por último, me he dejado al caso más gracioso de individuo. No es malo, al contrario, probablemente sea un buen individuo, pero todos nos lo hemos encontrado en alguna vez. Vas caminando, con prisas, y él va caminando con prisas también. Os vais a cruzar, y tu te apartas para esquivarle, pero, desgraciadamente, él también se aparta hacia el mismo lado, con idénticas intenciones. Aun estas lejos, y pretendes corregir el error, por lo que te mueves de nuevo. Pero, por azares del destino, él también hace lo mismo. Como ninguno de los dos se paran, al final acaban intentando esquivarse el uno al otro sin poder ponerse de acuerdo, y perdiendo ambos más tiempo del que hubieran perdido si uno se hubiera detenido y hubiera cedido total y plenamente el paso al otro.

En definitiva. Esto es un claro ejemplo de la fauna que pulula por nuestras calles, y que muchas veces no les prestamos la atención que se merecen. Porque, a más de uno, yo me paraba y les dedicaba un buen aplauso. De todas formas, son como los insectos, hay muchos más tipos por ahí escondidos esperando a ser descubiertos.

Por: ShadowStalker | Fauna urbana | Comentarios (0) | Referencias (0)

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Nombre: Javier Torres

Nick: ShadowStalker

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Descripción: Digamos que soy alguien tan normal que mi normalidad no resulta normal. ¿Entiendes? ¿No? Yo tampoco, pero es lo que hay. Una vida aburrida para una persona aburrida...Ya tocaba, con tanto salva-universos por ahi suelto.

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