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Susurros desde las sombras

De como las sombras dominan el mundo... o las dominan a ellas

Martes, 19 de julio de 2005

Burocracia universitaria

Si cuando yo me meto con la burocracia no es por quejarme de vicio. Si mis motivos tengo. Es, simplemente, que todas estas cosas del papeleo no son para mí. Con lo fácil que sería llegar a un sitio, que te dieran un papel, lo rellenas y punto. Pues no... Todo por triplicado, por si se pierde. Eso, en teoría. En la practica, si se pierde, se pierden los tres. Y como decía Murphy: “En el momento que más daño pueda provocar”.

El caso es que hoy quería hablar de mi periplo universitario, que tantos dolores de cabeza me acarrea y que no consigo eliminar. Todo comenzó el día que mis padres decidieron que tenía que ir a la universidad. Si yo hubiera sabido lo que era eso. Luego dicen que si el bachillerato es difícil, que si la selectividad... ¡Nada! Lo realmente difícil de entrar en la universidad es hacer la matricula. ¿Para que me sirven mis amplios conocimientos en física y matemáticas? Más bien de poco. Yo creo que hay que hacer una carrera para poder rellenar esos impresos. En fin, un circulo vicioso.

Todo comenzó un soleado día a comienzos de julio cuando de camino a la autoescuela me asalta un compañero del instituto, alertándome de que tengo que realizar la preinscripción de la matrícula. El caso es que yo pensaba que eso ya lo había hecho un mes antes, pero te asalta la duda, y mejor prepararse. Así que al día siguiente, ni corto ni perezoso, me dirijo al campus con la intención de informarme. Mi primer problema surge al intentar localizar el edificio al que he de acudir. Más o menos tenía el concepto del lugar, pero uno no sabe bien el sitio hasta que llega la primera vez, por lo que acudí a acercarme a la primera puerta que encontré. Es ahí cuando me di cuenta de que la DGT lo forma el departamento de administración de mi universidad. En la vida había visto nada mejor señalizado. Nada más llegar a la puerta veo un cartel azul con la indicación de lo que yo buscaba y una flecha que se veía bien desde lejos. Por supuesto, siguiendo la flecha, no tenía perdida, ya que en la vida había visto yo más flechas y carteles juntos que en ese tramo de 100 metros. El que se perdiera en ese lugar desde luego no es apto para entrar en la universidad.

Una vez dentro, veo un largo pasillo con gente para un lado y para otro, cada cual con sus planes para el futuro. Veo un terminal informático, y me acerco a leerlo por si me da alguna información. Es entonces cuando me doy cuenta de la cara de desconcierto que he debido de poner, porque se ha aproximado a mí, en silencio, sin que me diera cuenta, un hombre que me pregunta muy amablemente que qué es lo que busco. Más o menos consigo explicarme, ya que he de reconocer que entre el desconcierto, la sorpresa y mi timidez se hacía ligeramente difícil ordenar las ideas. Al final me lleva a una sala donde un chico muy amablemente me informa de que mi prematricula ya estaba hecha y que no me preocupase por esas cosas.

Sin embargo, las visitas no acaban ahí, ya que unos días después me veo obligado a volver con el fin de informarme sobre que es necesario llevar para hacer la matrícula. Por tanto, entro en la autovía y rápidamente vuelvo a llegar a esa sala semicircular donde ya casi he establecido mi nuevo hogar. Esta vez las explicaciones son más genéricas, por lo que he de decir que contribuyeron en gran parte al desarrollo de mi imaginación, porque de lo que me dijeron, luego tuve que sacar yo mis propias conclusiones. Menos mal que fueron acertadas y me ayudaron a estar preparado para el momento de la verdad, que si no me hubiera ido muy mal. Al final, tras unos escarceos amorosos con mi querido ordenador consigo averiguar cuando tengo que hacer la matricula.

Así que dicho y hecho. Ese día, una hora antes de lo que debería, me personifico en el lugar y, tras un par de vueltas aun más desconcertantes que las del primer día, un alma caritativa se digna a indicarnos las acciones a realizar. Por fin recojo mis impresos para la matricula y comienzo a intentar rellenarlos. Al final, acabas viendo una enorme mancha gris en un fondo blanco. Yo creo que si sabes rellenar esas cosas, diseñar los planos de un avión que supere a todos los existentes es coser y cantar. Pues no tiene eso lío ni nada. Y sin documentación. Yo creo que es para buscar sucesor a Rappel. Al que vean con todo bien relleno, bingo, tiene dotes de adivino. Eso, o una suerte demasiado grande. El caso es que al final, después de haber sacado numerito, esperar un buen rato y rellenar el papeleo como Dios buenamente te da a entender, te hacen pasar (solo ante el peligro, sin acompañantes posibles) al lugar donde te van a destrozar todo el trabajo de la última hora.

El caso es que te sientas, presentas toda la documentación, cruzas los dedos por debajo de la mesa, miras al techo y rezas por que veas aparecer algún indicio de la existencia de un ente divino a través del aire acondicionado. Pero realmente... realmente, sólo ves como la mujer de la mesa mira una y otra vez los papeles, te mira a ti, mira el ordenador, a los papeles, abre los ojos. Y tu mientras tanto rezas para que al pestañear aparezcas en unas islas paradisíacas, en tu cama o en el mismo infierno, pero que sea donde sea, esté lejos de allí. Pero no. La mujer sigue allí, mirando fijamente los papeles y al ordenador. Y no acaba. Te dan ganas de acercarte y pasarle un billete de 500 euros para que acabe ya, pero te contienes, y tientas a la suerte. Y al final ya parece aclararse e imprime dos documentos.

Es en estos momentos cuando más odias la burocracia. Cuando la mujer te cuenta un rollo que no se cree ni ella para explicarte que como has pedido una beca de 90 euros para material, eso de la matricula de honor al ordenador no le cuadra (por valor de 700 y pico), pero que está bien, aunque tú, que ya has desarrollado la imaginación con las explicaciones que te dieron anteriormente, estas pensando: “Sí, que está bien, pero que voy a tener problemas”. Lo sabes. Al acabar el rollo sales de allí, y es al llegar a casa cuando te das cuenta que en el papel que te han dado pone todo lo contrario a lo que la mujer te ha contado. Y ya no sabes si echarte a llorar o tirarte por la ventana. Al final optas por que consideras más legal, hacer caso al papel.

Y así me encuentro ahora, con un papel que me dice que haga algo que la mujer me dijo que no tenía que hacer mientras una matricula que está “bien” me va a dar muchos problemas.

Por: ShadowStalker | Jornadas laborales | Comentarios (0) | Referencias (0)

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Nombre: Javier Torres

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