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Susurros desde las sombras

De como las sombras dominan el mundo... o las dominan a ellas

Lunes, 19 de septiembre de 2005

Semana cero

Ese es el nombre con el que se le conoce a ese afán que tienen los profesores por trabajar, a la excusa perfecta para hacernos comenzar una semana antes que el resto de los mortales. En definitiva, a acortarnos las vacaciones lo máximo posible para prolongar nuestra lenta y suntuosa tortura. Y allí estaba yo, de pie ante la puerta. Al final me decidí a entrar, para que me recibiera el olor a pintura fresca y a detergente del suelo. Extraña mezcla que, a primera hora de la mañana (después del verano, las 9 es madrugar en exceso), no es muy bien recibida por cualquier organismo con síndrome post-vacacional y con el estómago vacío. Enfilo el pasillo para delante y me paro a la entrada del aula, frente a media docena de seres que me miran con recelo y no me devuelven el saludo.

Al final llega la hora de la verdad. Entramos al aula y, por mucho que te plantees tu estrategia, acabas sentándote en el primer sitio que encuentras. Lo piensas, y te das cuenta de que en la primera fila no estás, lo que se dice, bien colocado, pero ya no te puedes cambiar, así que haces de tripas corazón y permaneces en tu sitio mientras que dos hombres hacen acto de presencia y se identifican (el dúo dinámico). Dos peces gordos, por lo que parece, dándote la charla de que si la universidad no es lo que se piensa, de que si hay que estudiar, etc. etc. Pero si estos eran gordos, el que entra media hora después ya es enorme. Es como un “Men In Black”, pero sin gafas de sol y a lo español y, por supuesto, los peces gordos agachan la colita mientras este nuevo personaje nos cuenta la misma historia que ya nos han contado anteriormente los otros dos, a la vez que nos da la bienvenida unas 5 veces en 10 minutos. Al final se marcha el hombre de negro y, poco después, los otros dos, más rápidos que el diablo, como si encima hubieran sido ellos los perjudicados.

Luego viene otra persona, y nos cuenta que esa clase es para los que damos “cristalografía”, que es una cosa muy fea que no sé para lo que sirve. De todas formas nos invita a abandonar el aula todos los que hemos optado por la informática, en lugar de su asignatura, por lo que de los 60 presentes, nos levantamos 57 al unísono, y nos vamos una hora a dar tumbos por el campus. En ese periodo es cuando aprovecho para informarme donde dan “las bolsas”, que resulta ser el supuesto “uniforme” de químico loco, con bata blanca (que a final de curso acabará negra), gafas y una espátula a la que no dudaré en sacar filo para usarla contra algún profesor pelmazo. Tras media hora nos volvemos al aula para comprobar, ni con agrado ni sin él, que los cristalógrafos ya han acabado y han abandonado las posiciones, por lo que esta vez, con tiempo suficiente y un periódico bajo el brazo, nos disponemos a tomar nuevas posiciones, sin pensar tampoco esta vez en la estrategia, pero eso sí, un poco más alejados de la primera fila que en la primera ocasión, no sea que, después de la aparición del hombre de negro, lo siguiente que nos visite expulse ácido por la boca u otro orificio similar.

Y no, no echa ácido por la boca, pero las palabras que escupe son del agrado de todos los asistentes. Otra cosa no sé, pero no he visto mejores palabras de ánimo en mi vida. La sinceridad hecha persona, por lo que se ve. En resumen nos viene a contar que su asignatura es la más difícil, no del curso, sino de la carrera, y nos relata con pelos y señales, llenando la pizarra de números y estadísticas (poco agradables), las distintas formas con las que pretende impedir que aprobemos. Al final el hombre, para demostrarnos que va en serio, saca unas hojas y las reparte con el fin de que completemos ese pequeño examen en los 15 minutos que quedan, sin calculadora y, faltaría más, sin anestesia. El cómo lo he logrado hacer, no tengo ni idea, pero pocas veces más creo que tendré esa sensación, al salir del examen, de que todo ha ido bien. Al final acabo comentando los resultados con el que tenía al lado, y parece que más o menos coincidimos, por lo que, lógicamente, ambos lo tenemos mal.

Asi que después de esa descarga de adrenalina el hombre se escapa a fumarse un cigarrillo mientras que yo pongo rumbo a la autoescuela para seguir torturando a mi desgraciada mente.

Por: ShadowStalker | Jornadas laborales | Comentarios (0) | Referencias (0)

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Nombre: Javier Torres

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Descripción: Digamos que soy alguien tan normal que mi normalidad no resulta normal. ¿Entiendes? ¿No? Yo tampoco, pero es lo que hay. Una vida aburrida para una persona aburrida...Ya tocaba, con tanto salva-universos por ahi suelto.

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